[b]BUENOS AIRES[/b]- Una fecha antes de que terminara el �ltimo torneo Clausura, San Lorenzo se proclam� campe�n y su gente sali� disparada del estadio a celebrar. Miles de hinchas fueron presurosamente a reunirse a San Juan y Boedo a cantar, a gritar, a saltar y bailar. Al otro d�a me enter� de que un canal de televisi�n envi� un m�vil con c�maras y a un periodista al obelisco, para registrar desde all� la fiesta cuerva. Error. A la media hora los enviados televisivos (de esos que, si los mand�s a espiar tocan el timbre) encararon a toda velocidad por Cerrito, Lima, Independencia y no pararon hasta la Avenida Boedo. Minutos despu�s el chamuyeta vociferaba frente al micr�fono frases relacionadas con la identidad, el barrio, y la mar en coche. Pocos d�as m�s tarde, Hurac�n obten�a el ascenso y los festejos tuvieron como centro de reuni�n y manifestaci�n la Avenida Caseros. Hubo fiesta callejera, alegr�a cerca de los or�genes, aroma a barrio donde los malvones se aguantan el fr�o como en ninguna otra parte. Me alegr� esta circunstancia porque el f�tbol recupera un cl�sico de rompe y raja, un derby (como dicen los ingleses) que mantiene su m�s pura tradici�n y que es la continuidad en el tiempo de los desaf�os de barrio, de barrios pegados unos con los otros. Almagro, Boedo, Patricios y Pompeya para empezar, con sus prolongaciones en Barracas, Constituci�n, Caballito, Parque Centenario, Flores... Un fiest�n que el f�tbol a�oraba y que "nuestro" f�tbol se merece. Record� inmediatamente que hace a�os, en los tiempos en que las cantinas juntaban gente a lo loco cerca del Riachuelo, Boca celebraba los t�tulos en su barrio, donde montaba una especie de corso fenomenal, y que al otro d�a la televisi�n y los fot�grafos de los diarios iban a registrar im�genes de todo lo que se hab�a pintado de azul y amarillo. Una verdadera fiesta "quinqueliana". La modernizaci�n, entendida desde el empelotudamiento, llev� a Boca a organizar sus festejos en el obelisco, y ni hablar de River. No son de ah�, y pueden terminar no sabiendo de d�nde son, si eso no ha ocurrido ya. Las fiestas populares en el mundo entero no son transferibles. A nadie se le ocurrir�a organizar el carnaval de Oruro en Potos�, a sacar de Sevilla a los seises, con sus zapatillas blancas de baile, y llevarlos en la Semana Santa a Madrid. A trasladar la feria romana de Porta Portese a Cinecitt�. A San Lorenzo lo sacaron a empujones de la Avenida La Plata y lo llevaron a la zona de Bajo Flores-Pompeya-Soldati, pero hace pocos d�as los cuervos (benditos cuervos dir�a Massa), ten�an sobradas razones para celebrar y fueron al lugar al que ten�an que ir, al que les orden� el coraz�n. Al barrio. Esta abrumadora muestra de coherencia se produjo tambi�n en las huestes huracanenses, y esto confirma que si Buenos Aires tiene un cl�sico tradicional, emblem�tico, puro, es el San Lorenzo-Hurac�n o Hurac�n-San Lorenzo. Por eso cobra relieve, por en�sima vez, aquella frase que el gordo Troilo pronunci� como la m�s maravillosa s�ntesis del porte�ismo: "Dicen que me fui de mi barrio, pero �cu�ndo? Si siempre estoy llegando..." El f�tbol es un hecho cultural y debe tenerse en cuenta que, en nuestra sociedad, es indispensable la esencia que lo sostiene. Los argentinos interpretaron el juego en el �ltimo tramo del siglo XIX, y lo acunaron y arroparon con costumbres propias. Hay un f�tbol argentino que, independientemente de t�cnicas y t�cticas, sigue necesitando del potrero, de sue�os y de respeto por las razones que lo han convertido en poco menos que una religi�n. Si el club representa a un barrio y si los colores despiertan amores y pasiones no hay forma de trasladar esos sentimientos al Hilton. Es como poner un pickle en un bizcochuelo, o que hubiesen convocado los festejos en el obelisco. Las celebraciones frente al monumento inaugurado en 1936, al que Gardel no conoci� porque muri� un a�o antes, han terminado generalmente con destrozos de faroles, vidrieras, contenedores de basura, plantas y algunas otras cosas. El fervor de los hinchas en San Juan y Boedo y en Caseros no fue motivo para que se destruyera nada. Y ese es otro demoledor dato de coherencia. Nadie rompe el barrio o su casa. Festeja, gasta al rival, corea los nombres de los jugadores, manifiesta deseos inconmensurables de conquistas pr�ximas. Esas son fiestas. Lo dem�s, cart�n pintado. [b] Nota:[/b] Enrique Escande, autor de Memorias del Viejo Gas�metro
Marcelo Buontempo
Redacción Mundo Azulgrana